A principios de año, leyendo Biografía, la novela de Aira, me vi de pronto tomando notas para escribir una reseña. Ese no era el plan. El plan original era hacer una lectura despojada –ligera, veraniega– pero algunas cuerdas se tensaron y me vi, de pronto, tomando notas para escribir una reseña. Y no solo eso. Me vi, también, de pronto, frente a la biblioteca, consultando libros, revisando subrayados. Excediendo, por mucho, el recorte de la reseña. Así que, anticipándome al desborde, rápidamente improvisé un dique, una contención, un límite: sería, en principio, una lectura conjunta, paralela, cruzada –ya vería qué, de qué manera– entre Biografía y Copi, el libro de ensayo de Aira (en el que Aira ensaya en torno a la obra de Copi). Escribiría algo sobre esos dos libros.

Pero la calma duró poco. Eso también, rápidamente, se descontroló: la combinación entre Biografía y Copi funcionó como catalizador. Se armó, sobre el escritorio, una pila de libros del alto de un termo de agua de un litro y, además, paralelamente, en lecturas que nada tenían que ver con Aira empecé a escribir, en los márgenes: AIRA. En un poema, en un ensayo sobre música, en la correspondencia de un pintor. En diferentes lecturas empezaron a aparecer esos AIRA manuscritos. AIRA AIRA AIRA AIRA. Así como cuando uno adopta o está a punto de adoptar –o está pensando, simplemente– en un perro de cierta raza –salchicha, por ejemplo– empieza a ver esos perros en todos lados, empecé a ver a Aira en todas mis lecturas. Tanto es así que me vi abrumado, me escapé. Colgué el documento. Lo dejé ahí, suspendido. Me fui a tomar aire, a hacer otras cosas, a distraerme, con la idea de volver con otros ojos en un tiempo (apelando a que el tiempo y la distancia hicieran lo suyo).

Así estuve unos meses, haciendo otras cosas, pero la obsesión es la obsesión: el perro salchicha nunca se fue. Siguió ahí, siempre. Todo el tiempo. Me miraba, sacaba la lengua, jadeaba, movía la cola tanto o más que el primer día. AIRA, esas notas en lápiz, siguieron sucediendo. Se multiplicaron, estos meses, en lecturas que nada tenían que ver con Aira. Ese AIRA que empezó como una nota relativamente prolija –cuatro letras correctas, autónomas, cada una orgullosa de su individualidad– empezó a desvirtuarse: las letras empezaron a ligarse, a fundirse, al punto de que AIRA se transformó en un solo trazo, un garabato en grafitos de diferentes durezas –HB, B, 2B– sobre decenas, cientos de márgenes. Un ideograma.

El abandono es moneda corriente en escritura, es algo que sucede todo el tiempo. Todos los que escribimos somos una suma de abandonos. Eso está claro. Eso no es problema. Se sabe. Es algo asumido. Con los años uno aprende a lidiar, a convivir con eso. Pero este abandono en particular me generaba una sensación extraña. Cierta incomodidad. Un sabor amargo más amargo que otros. ¿Puede que no fuera capaz de escribir un ensayo sobre Aira? Sí, puede, claro, muy bien puede, pero tal vez justamente por eso, me dije, por la imposibilidad, es que habría que escribir un ensayo sobre Aira. Justamente por eso, por el casi seguro fracaso, debiera, yo, entonces, con más razón, escribir, tratar de escribir, un ensayo sobre Aira. Porque además, otra cosa, un agravante: no sería un fracaso por falta, por sequía, por esterilidad (esos fracasos en los cuales no hay mucho que hacer), sino todo lo contrario, sería un fracaso por abundancia, por superávit, por no poder darle forma a la cosa, a tanta cosa, por no poder organizar –conducir– la marabunta.

Es decir, a ver, antes, retrocediendo un casillero: como poder, en verdad, podría, creo. Podría, si me pongo, tal vez, con mucho esfuerzo, escribir un ensayo sobre Aira. Podría hacerlo y podría, incluso, ser un buen ensayo. Podría ser un texto de cinco o diez páginas y sería un buen ensayo, supongo. Podría ser bastante bueno –tengo mucho para decir, cosas que vengo rumiando hace años– pero pienso que no dejaría de ser un ensayo muy parecido a los miles de ensayos sobre Aira que circulan por ahí. Diría más o menos lo mismo que todos; quizá algo más, quizá un poco mejor, pero, en líneas generales, sería un pequeño aporte más en la misma dirección.

Pensando en eso, y pensando en los ensayos sobre Aira que leí en mi vida, creo, de pronto, entonces, detectar un problema, un pequeño foco interno de tensión. Un tema que por momentos me aleja del ensayo literario (del académico, sobre todo) y con Aira, en la superpoblación de ensayos (académicos, sobre todo), queda, me parece, todavía más a la vista, más expuesto: la pretensión de asir y –asiendo, habiendo asido– la exégesis. He ahí, me parece, el problema. Mi problema. Porque creo que lo que habría que hacer con Aira es justamente lo contrario. Creo que un ensayo sobre Aira debiera, tal vez, ser un no-ensayo. Es decir, no debiera hacer ningún esfuerzo por asir, por entender, por explicar, por poner en caja y rotular, sino más bien todo lo contrario: debiera aflojar, soltar. Debiera, probablemente, no ensayar nada. Debiera, quizá, tender, de antemano, al fracaso. Debiera uno surfear las olas Aira, simplemente. Montar alguna, con suerte, y caer en otras, en casi todas; tragar agua y salir a flote para volver a intentarlo y volver a fallar.

Y desde ahí, entonces, una idea: así como en Aikido se trabaja con la fuerza del oponente, habría que trabajar para que sea la fuerza misma de Aira, la fuerza natural, la marea, Aira mismo, quien escriba su propio ensayo. Y con estas idea, entonces, algo más, una pequeña revelación personal: si no puedo escribir un ensayo sobre Aira, si acepto esa imposibilidad de antemano, no solo debiera escribir un ensayo sobre Aira, debiera escribir más de un ensayo sobre Aira. Debiera escribir muchos ensayos sobre Aira. Debiera escribir tantos ensayos (surfear tantas olas) sobre Aira como me sea humanamente posible.