Nada es lo que parece
Por Revista Veintitres

Lecturas. Samsara, de Facundo Gerez (Eterna Cadencia)

Una pareja en crisis sale de viaje de fin de semana a Carhué. Con estilo de roadmovie, narrador y protagonista tejen un relato dentro de una historia mínima que esconde el ciclo de nacimiento, vida, muerte y reencarnación.

1

Se forma una corriente de aire que hace flamear las cortinas de la ventana que da al balcón y atraviesa todo el living y parte de la cocina para terminar perdiéndose por la ventana del lavadero que está encima del lavarropas y da al pulmón del edificio. Es viernes. Casi medianoche. Con el viento, llega el ruido exigido del motor de un colectivo escolar: un Mercedes Benz 1114, naranja y blanco, que se pone en marcha en la esquina de la avenida y se dispone a llevar a cuarenta y cinco adolescentes (chicas y chicos menores de dieciocho años que mascan chicles de menta y toman bebidas energizantes y petacas de whisky) a un boliche en Palermo, frente al planetario, debajo de los arcos que sostienen las vías del ferrocarril San Martín, donde van a pagar cien pesos una entrada que incluye el derecho a una consumición y van a gastar, además, en dinero facilitado por sus padres, un promedio de doscientos pesos cada uno en cervezas, tragos, bebidas con alcohol en general. El chofer pisa el acelerador y el colectivo, que todavía está en punto muerto, suelta un rugido lastimoso, como un león viejo y cansado, que indica que en cualquier momento van a estar saliendo, que la ciudad ya está entrando en otra frecuencia, que está empezando otro fin de semana en Buenos Aires.

Ellos ya prepararon el bolso –poca ropa, dos días, dos mudas– y pidieron comida por teléfono: dos cuartos de pollo y una porción de papas noisette. Cenaron y se acostaron. Él, antes, se bañó. Ella no. Está muy cansada. Se va a bañar temprano, antes de salir. Ponen el despertador. Apagan la luz. Se dan un beso. Se dicen hasta mañana.

En algún momento se escucha, desde afuera, la compactadora de un camión de basura y él, que todavía está despierto, piensa en la bolsa que sacó hace unas horas y dejó en la vereda. Es la bolsa que estaba en el tacho de la cocina. La imagina volando y entrando al camión, cayendo encima de las otras bolsas. ¿Qué había adentro? Restos de pulpa y semillas de frutas, latas de gaseosa y una cáscara de huevo, es lo que llegó a ver antes de cerrarla. Piensa en la bolsa aplastada, descuartizada, mezclándose con los desechos de las otras bolsas del barrio para después ir a mezclarse con todos los desechos de la ciudad en un relleno sanitario en el conurbano, donde la basura va a ser compactada todavía un poco más, va a ser cubierta con sucesivas capas de tierra y va a empezar a degradarse. Un proceso que va a llevar años, décadas, siglos. Un proceso que, de alguna manera, una vez que empieza, no termina nunca, porque la degradación es solo un cambio de estado que da lugar a otras transformaciones; el tratamiento de los residuos no puede lograr, nunca, la supresión total de la materia. Y esta idea cíclica y sin fin de lo residual a él le funciona como un inductor del sueño: así como a otros les funciona contar ovejas o concentrarse en el ritmo de la respiración para evitar esos pensamientos que irrumpen de noche al acostarse, él va logrando, ahora, con esta idea dándole vueltas en la cabeza, empezar a quedarse dormido.

Se espera, como dijimos, una temperatura mínima de doce grados y la máxima va a estar llegando, alrededor de las tres de la tarde, a los veintidós grados. Especial atención a quienes vayan a salir de la ciudad, sobre todo a quienes transiten las rutas que van al sur de la provincia, ya que se registran zonas con densos bancos de niebla. Se recuerda circular con las luces encendidas y por favor, especial hincapié en esto, es una recomendación que nos acercan desde Vialidad Nacional: no detenerse en las banquinas. Nuestra sugerencia es, en lo posible, evitar el amanecer y salir después de las ocho o nueve de la mañana, que es cuando la niebla, se espera, ya va a comenzar a disiparse.

Bien, Eduardo, muchas gracias.
De nada, Luis, hasta la próxima.
Bueno, atención a los automovilistas, reiteramos, circulen con mucha precaución en las rutas, sobre todo las que van al sur de la provincia. Ahora, cuando faltan apenas dos minutos para las siete, en esta hermosa mañana soleada en la ciudad de Buenos Aires, los dejamos con un clásico de Creedence: Bad Moon Rising.
I see the bad moon arising,
I see trouble on the way,
I see earthquakes and lightnin’,
I see bad times today.

Ya tienen todo listo. La tele está prendida, sin volumen. Escuchan la radio. Ella está recostada a lo largo del sillón. Tiene la cabeza envuelta en una toalla sobre uno de los apoyabrazos y las piernas estiradas. Sus pies están sobre los muslos de él, que está sentado y le masajea las plantas: presionando con los pulgares debajo de sus dedos gordos, entre las falanges y los metatarsianos, profundizando en las zonas donde –según un mapa reflexológico que él en este momento, por estar tan concentrado en su actividad masajística, logra ver seccionado en regiones y colores, como si fuese un planisferio con división política– un sector rojo, oscuro, tirando a morado, indica la conexión que hay entre las plantas de los pies y el cuello y las vértebras cervicales, que es donde ella, desde que se despertó, está acusando el dolor, donde siente la contractura.

–¿Metástasis?
–Sí, claro. Es el riesgo. Por eso te sacan todo.
–¿Y no podés hablar más?
–No, ya no, porque en la laringe están las cuerdas vocales.
–¿Qué hora es?
–Y veinte.
–Podríamos ir yendo, ¿no?
–Sí. ¿Pusiste el agua?
–Sí, ya está en el termo.
–Hay que bajar las persianas y cerrar las ventanas.
–Yo me encargo. Andá buscando el auto, si querés.

Cuatrocientos noventa pesos es lo que les cuesta llenar el tanque con Eurodiesel, el gasoil premium de ypf, en la estación de servicio de San Juan y Deán Funes. Lo pagan en efectivo. Antes de seguir, compran un paquete de caramelos y otro de galletitas en el autoservicio y revisan la presión de los neumáticos: treinta libras para cada una de las cuatro ruedas. Óptimo. Ponen la dirección de destino en el gps (localidad, ciudad, calle, número) y la triangulación con el satélite indica que el trayecto será de cuatrocientos noventa kilómetros y el tiempo estimado en llegar: cinco horas y veintisiete minutos.

Las últimas dos cabinas de la izquierda son las del telepeaje.
Un sensor detecta el chip sobre el parabrisas y se levanta automáticamente la barrera. El mes que viene, en el resumen de la tarjeta de crédito de él, va a llegar facturado ese viaje a nombre de la sociedad anónima que tiene concesionada la explotación de la autopista.
Dentro de algunos kilómetros va a aparecer una bifurcación en el camino y de tres carriles van a quedar dos; después, unos kilómetros más adelante, va a aparecer una última bifurcación, donde ellos van a tomar el camino de la derecha, que los va a llevar a la primera de las tres rutas que van a tener que atravesar antes de llegar a destino.

2

Los bancos de niebla que se habían empezado a formar sobre el final de la madrugada se fueron disipando con los primeros rayos del sol. Lo que ellos vieron, llegando a Cañuelas, a eso de las nueve de la mañana, fue, apenas, neblina: algunos bloques flotando casi al ras del suelo sobre los terrenos que están a los costados de la ruta.

Ahora, el sol cae en diagonal sobre los campos y las vacas y los toros se amontonan en las sombras que proyectan los carteles metálicos, montados sobre vigas de hierro, que promocionan hoteles, campings, maquinaria agrícola, municipios, políticos, fertilizantes, empresas automotrices y multinacionales productoras de alimentos. Hasta acá, pasando Saladillo, hubo algunos tramos con el pavimento hundido y emparchado, pero ahora la ruta está buena. No hace mucho que la repavimentaron, parece. El asfalto está parejo, bien peinado, liso; la piedra negra, compacta, brillosa.

Manuel –que lleva puestos unos lentes con protección ultravioleta y ve el camino con un tinte azulado, opaco– aprovecha el buen estado de la ruta, el poco tránsito y la buena visibilidad y pisa un poco más el acelerador.
El rebote del sol en el asfalto, llegando al final del camino, le da la sensación a Manuel de que hay una franja de agua que atraviesa la ruta. Un espejismo al que nunca llega y en el que se reflejan, invertidos, el cielo, los árboles, los autos que vienen de frente por la otra mano y los postes que están sobre la banquina y sostienen los cables de alta tensión que van punteando el camino.

–¿Ya pasamos la destilería?
–¿Estabas despierta?
–Sí –Clara está descalza y tiene una revista sobre las piernas.
–Pensé que estabas dormida. Creo que sí, hace un rato.
–¿En qué kilómetro estamos?
–Trescientos y algo.
–En un rato voy a ir avisando, entonces.

Los gemelos derechos de Manuel están contraídos hace unos minutos pisando el acelerador pero la aguja del velocímetro no quiebra la barrera de los ciento treinta kilómetros por hora. Piensa, entonces, que deben tener el viento en contra: mira los árboles a los lados para confirmarlo, pero no llega a distinguir para dónde se inclinan las copas de los tilos que, a esa altura, enmarcan la ruta.
La barrera de los ciento treinta que no puede quebrar, sumada a esa franja de agua que está siempre en el mismo lugar, llegando al final del camino, con la que siempre mantiene la misma distancia, le hacen sentir que están detenidos, que no avanzan, que lo que hay abajo del auto no es asfalto, sino otra cosa: una masa flácida que los frena, que los retiene, como si las ruedas estuviesen girando en falso sobre arena, sobre caramelo, sobre chicle, sobre miel, sobre una sustancia mucho más blanda que la piedra.

Según lo que dice Clara que le dijeron, los esperan para almorzar. ¿Qué habrá de comer? Manuel, digerido el desayuno, empieza a tener hambre. La radio, que hasta hace unos kilómetros sintonizaba una emisora de algún lugar por el que pasaban a través de la ruta, hace un rato que perdió la señal. Ahora los parlantes emiten una lluvia constante hecha de estática que llega hasta los cerebros a través de los oídos y opera como un zumbido que vacía, que adormece, que aletarga, que anestesia, que, un poco, también, los hipnotiza.

–¿Y el mate?
–Ya lo preparo.

A la vera de la ruta empezaron a aparecer campos inundados, lagunas desbordadas, mucha agua, juncos, aves de formas y colores extraños. Manuel mira el tablero, detrás del volante: queda casi medio tanque de combustible. No va a ser necesario cargar otra vez. Saca cuentas de los litros de gasoil que viene consumiendo el auto en estos kilómetros y juzga el rendimiento del flamante motor uno punto cuatro. Lo compara con lo que le prometieron en la concesionaria que iba a rendir y con los otros autos, siempre más pesados, de motor más grande, más viejos, nafteros, todos, que alguna vez tuvo.

–Atención: máxima sesenta, radar vigila –habla una mujer desde el gps y Manuel levanta, instintivamente, el pie del acelerador. Aparece un cartel circular de fondo blanco y bordes rojos, al costado del camino, que dice sesenta, en números grandes y negros, después otro que dice cuarenta, después otro que dice veinte. Muy cerca están los carteles uno del otro. Se anuncia la entrada a un pueblo. Hay lomos de burro. Una rotonda. El tráiler carbonizado de un camión jaula, en la banquina, a pocos metros de una parada de colectivos con la pintura de los muros descascarada y un banquito de piedra roto en mil pedazos.
Los caminos que llevan al interior del pueblo son de tierra.
No se alcanza a ver a nadie.

El tiempo que vienen marcando –mira, Manuel, el reloj sobre su muñeca– es el esperado.

Después de una curva, cuando la aguja de las revoluciones, que había bajado, empieza a subir otra vez, aparece una estancia con una tranquera, una casa, un pequeño silo y un molino. Todo pintado de rojo con detalles en blanco.
Sobre uno de los alambrados hay una parejita de pájaros que salen volando y cruzan la ruta justo cuando Manuel se está acercando.
El vuelo es una parábola. Uno pasa. El otro, no. Manuel siente el golpe sobre alguna parte del auto.
El que cruza, se posa en la banquina del otro lado de la ruta. El otro golpea cerca de uno de los faros delanteros y sale disparado hacia arriba.
Manuel saca el pie del acelerador, se aferra al volante y mira el espejo retrovisor. Levanta justo la vista para verlo caer, atrás: cae del cielo y queda estampado en medio del asfalto, inmóvil.
Clara no se entera. Duerme. Tiene, todavía, la revista sobre las piernas. Había prometido cebar mate pero ahí están el termo y el mate sin preparar.
Manuel sigue avanzando sin dejar de mirar, en el retrovisor, el pájaro que se transforma en un punto, mínimo, menos que mínimo, un puntito, desaparece y ya no se lo ve más.

Lo que las atrae, dicen, es el olor dulce de la sangre tibia.
Algunas moscas verdes metalizadas van a llegar hasta el pájaro con la intención de depositar sus huevos en él y que las larvas se alimenten de los tejidos del cadáver pero viendo lo expuesto que quedó el cuerpo sobre el asfalto al paso de los neumáticos van a desistir. Lo que van a hacer, entonces, va a ser volar unos kilómetros más al sur para colonizar el cadáver de un perro que está tendido sobre la banquina y ahí sí van a plantar sus larvas.

La mayor parte de la sangre del pájaro, con el sol, se va a secar y se va a evaporar. El resto se va a terminar fundiendo con el asfalto. El cuerpo, en medio de la ruta, va a ser aplastado tantas veces en las próximas horas, que los huesos, las plumas, los cartílagos, el pájaro fragmentado, se irá yendo, de a pedacitos, en los surcos que forman los dibujos de los neumáticos que lo pasarán por encima una y otra vez.