“Quería escribir el viaje de una pareja joven en crisis”, dice Facundo Gerez sobre Samsara, ópera prima que este mes publicó Eterna Cadencia Editora.

El samsara es, según el hinduismo, el ciclo de nacimiento, vida, muerte y encarnación, que concluye al alcanzar la iluminación del nirvana. La palabra samsara no se dice nunca en la novela, pero es la tónica que marca la narración. “Puede dar la impresión de que no pasa nada”, dice Gerez, “pero hay tensiones subterráneas que explotan después de terminar la novela”.

Es un fin de semana. Manuel y Clara viajan a Carhué a visitar la familia de ella: los tíos, la abuela, a quienes él hasta entonces no conoce. Con una narración en tiempo presente y muy visual como una roadmovie, Manuel es un ojo que todo lo mira y controla —incluso la respiración de ella mientras duerme en el asiento del acompañante— y, con una obsesión casi perequiana, hace listas de lo que ve: «Las vacas y los toros se amontonan en las sombras que proyectan los carteles metálicos, montados sobre vigas de hierro, que promocionan hoteles, campings, maquinaria agrícola, municipios, políticos, fertilizantes, empresas automotrices y multinacionales productoras de alimentos».

—Hay una diferencia sutil entre lo que registra el protagonista y lo que registra el narrador —dice Gerez—. La novela está escrita en tercera persona pero con la intención de que haya un límite difuso entre la tercera persona y la primera: entre Manuel y el narrador. La intención es que entre los dos construyan el relato y hagan de la experiencia de lectura algo vívido, algo que transporte al lugar, a la situación y, sobre todo, al núcleo de la novela, que es el concepto de samsara.

El juego de la mirada tiene un nivel más, porque además de la relación que se da entre el protagonista y el narrador, hay un juego que se eleva hacia el lector con oraciones que saltan entre renglones, alineaciones caprichosas, dibujos geométricos formados con el texto.

—Nunca pude prestar total atención de principio a fin en una lectura pública —sigue Gerez—, por más breve que sea. Siempre me dispersa algo: la forma de sentarse del que lee, la posición de las manos, el tono de voz, el peinado, la luz, un ruido cualquiera… Y me pierdo y pierdo contacto con el texto… Creo que el mejor lugar para un texto es el soporte, el marco, el papel, la pantalla o lo que sea, entendido como lienzo donde se pueden hacer algunas otras cosas en cuando a lo visual más allá de lo tradicional en narrativa, transgrediendo algunas reglas, acercándome a la poesía, con el fin de que la experiencia de lectura sea, también, visual.

Samsara está compuesta por diferentes registros: además de la voz del narrador, hay intromisiones con pronósticos del clima y reportes de tránsito, textos turísticos, análisis químicos de agua y minerales. ¿Qué buscaba con esos registros diferentes? Kenneth Goldsmith, que acuñó el concepto de escritura no-creativa, ¿es una de las influencias del autor?

—Por una cuestión generacional, prácticamente no sé lo que es la vida sin internet: empiezo a usar internet antes que a leer literatura. Y mucho antes, incluso, que a producir literatura. Tengo incorporado ese modo de estar, ese timing. Los diferentes registros simultáneos, entrecortados, superpuestos. Ese pulso. Es natural. Lo que buscaba, con las diferentes voces, es escribir una novela. No sé si soy capaz de hacerlo de otro modo. En ese sentido veo el vínculo con Goldsmith. Me parece muy interesante lo que él hace, honesto al tiempo, a la época. Su obra es un manifiesto, es radical, alguien tenía que hacerlo de esa manera. De todos modos creo que mi influencia no es Goldsmith, sino las mismas influencias de Goldsmith, sus mismos estímulos: el arte conceptual, en general (Samsara puede ser leída como una novela conceptual), internet (y todo lo que eso implica), y este modo de ser y estar hiperquinético, fragmentado y disruptivo que hoy, un poco, tenemos todos.

Por Patricio Zunini para el blog de Eterna Cadencia