Por Damián Tabarovsky

Algo que me gustó de Samsara, primera novela de Facundo Gerez, recientemente publicada por Eterna Cadencia, o mejor dicho no sólo que me gustó, sino que puede interpretarse como una bienvenida toma de posición, como la toma de un riesgo allí donde hay que correrlo –no en la inclusión efectista de las “grandes cosas”, de los “temas que importan”, sino allá abajo, a nivel micro, a escala de la frase, de las marcas que se dejan en la frase– es el riesgo jugado en el registro de lo aparentemente trivial, que rápidamente deja de serlo allí donde recibe la unción precisamente del riesgo. En Samsara se encuentra en la página 7 (pero también en la 10, y en varias otras), en la que un grupo de adolescentes quiere ir a un boliche “donde van a pagar cien pesos una entrada”. El sentido común (del autor, pero también de aquellos editores que no sobresalen del sentido común) indicaría no inscribir ese monto, no dejar esa marca temporal: en unos meses –no hace falta ser un mago de la economía para saberlo– esa entrada va a costar más de cien pesos. Y en unos años (duración del tiempo eventual de compra y lectura de una novela con expectativa de long-seller) mucho más aún. Pero al autor (imagino que con acuerdo de la editora) no obstante decide dejar esa y otras cantidades de pesos, especie de deíctico que antes que apelar a cualquier realismo o costumbrismo, en verdad llama a una inadecuación, a una distancia: nada menos realista hoy que el valor del dinero. Después de Fogwill –y también desde antes, sólo que Fogwill lo publicitó como nadie–, incluir nombres de marcas de consumo masivo (del estilo “un Mercedes-Benz 1114, naranja y blanco”) no tiene demasiado interés, no hay allí ningún peligro (son esas las menos interesantes decisiones de autor, que en Samsara pueden leerse como una concesión a la época); en cambio, la inclusión del costo de una entrada, o del monto de los “cuatrocientos noventa pesos” que es “lo que cuesta llenar un tanque con Eurodiesel”, vuelve inmediatamente anacrónica la frase, entendiendo el anacronismo –en el sentido en que Agamben lo encuentra en Nietzsche– como lo propio de lo contemporáneo, como la capacidad de darle espesura a la actualidad “al ponerla en relación con otros tiempos”. La frase “van a pagar cien pesos la entrada” vuelve evanescente el presente y rápidamente se convierte en pasado. Tan actual que parece incluso levemente periodística (del estilo de esos informes acerca de “cuánto cuesta salir una noche por Palermo”), en realidad no es más que un testimonio negativo, el llamado a un tiempo pretérito, la clausura del puro presente.
Por cierto, éste no es el tema central de la novela (en caso de que las novelas tengan un tema central). Pero me detengo en él porque hay allí un rasgo de estilo que da para pensar (efecto que lamentablemente cada vez encuentro menos en las novelas recientes). Cuando leemos en una novela del siglo XIX frases como “pagó unos pocos chelines”, no deja de ejercer sobre nosotros una cierta fascinación, el dejo de un acontecimiento duro que, con el tiempo, se volvió intraducible. Ya no es un dato, sino una metáfora. Una metáfora de sí misma. Ya no materialidad del dinero, de la moneda, tampoco materialidad del vínculo entre dinero y lengua, entre la cosa y la palabra; sino materialidad de la propia lengua, sin otro referente ya que ella misma.

Diario Perfil, 2015